Mujer y justicia

La sentencia.

LOVE AFFAIRS AND OTHER TALES OF GÉNERO…SIDAD.
Recomendado por Andrea Saldaña Rivera

(Fragmento)

Andrea Saldaña.

 

…le costaba reconocer, que el rojo del crepúsculo le recordaba a sus muertos. Sería porque en una tarde como aquellas habían dejado a sus hermanos colgando de los árboles. Era un sentimiento que aún dolía y mucho. Ya cerca del campamento donde se encontraba su hijo tomaba lo necesario y escondía lo demás o lo enterraba.

Cocinar la comida era otra odisea.  Aprendió a preparar las tortillas en silencio. Solo aplanaba la masa de maíz hasta lograr un remedo de gorda, la cocía con el calor de las brasas. El humo de una fogata hubiera alertado a los soldados o a los revolucionarios. Al terminar apagaba las brasas usando la ceniza y sus manos. Las quemadas eran cotidianas, no podía evitarlo,  sus cicatrices quedaron como testimonio.

Al último que mató fue al burro. Usó la carabina de Abel. Estaba segura que Dios la perdonaría. Fue un acto de caridad. El pobre animal ya no podía más. Estaba en los huesos. El hambre se le había metido muy adentro. No le era suficiente la poca yerba que encontraban. Le dio mucha tristeza. Solo la sostenía el ver a su hijo cada día. Renovaban sus sueños y sus planes con un optimismo y una certeza poco común.

Todos los caminos y los atajos llegaron a ser para ella un libro abierto. Podía percatarse de las diferencias en los ruidos de la noche y en el día. Distinguía con certeza a hombres de animales. Se metía entre los matorrales, ahí se arrinconaba al divisar a los soldados o a los revolucionarios. Decía que a los hombres de ambos grupos se les veía desde lejos el polvo, el cansancio, la sed y hasta las ganas de mujer. Una vez tuvo que defenderse de un Cedillista que trató de violarla. Lo bueno que él estaba tan débil y se sorprendió tanto con las gallinas bajo sus faldas que con un botellazo, ella logró zafarse. Sangraba del brazo, en la lucha el hombre hundió su bayoneta. No supo ni como pudo llegar a la Ermita donde el cura que la habitaba la atendió. Solo descansó un día. El apuro por llegar con su hijo era vital para ella, era un pacto de amor. Lo cumpliría hasta las últimas consecuencias.

Sus pies sangraban de manera constante, las piedras y los cardos que pisaba dejaban sus marcas. Más de una vez,  había cambiado de huaraches con los muertitos que encontraba en el camino. Cuando hallaba ropa en buen estado o algunos botines, los limpiaba y los cargaba para llevárselos a su hijo. La sonrisa que aparecía en el rostro de Abel con tales presentes, era más que suficiente para sentirse satisfecha.

Un día lo encontró herido. Tenía una bala en el hombro. La falta de cuidados y de higiene habían desencadenado la infección. La fiebre lo había debilitado y permanecía postrado, casi inconciente. Habló con los soldados, el sargento y el teniente. Todos le dijeron que solo el General podía autorizar su partida. Esto no la amedrentó. Lo buscó en varios campamentos y finalmente lo encontró en la casa grande del rancho. No la dejaban pasar a verlo y se puso a gritar a todo pulmón. Ante tamaño escándalo el General se asomó. Ella aprovechó para enterarle de la situación. No supo si lo habían convencido sus palabras o su aspecto. El General ordenó que le permitieran llevárselo. Le firmó un salvoconducto por si los detenían. Volvió al campamento de inmediato.

Regresaron  a casa. Ella iba feliz. Cansada, con Abel herido, débil, pero vivo. Lo arrastraba en una camilla improvisada con palos y un costal. Cuando Abel vio los destrozos del jacal, la desesperanza invadió sus pupilas. Ella le mostró en uno de sus escondites el pico y la pala. Con ellos se puso a cavar ante la mirada asombrada de su hijo. La máquina de coser, las herramientas, los enseres y la semilla de maíz que había escondido fueron el tesoro con el que recomenzaron su nueva vida.

La revolución había terminado. Al menos para ellos, habían pagado por su tranquilidad con vidas, penurias, desdichas  y sangre. Volvieron a sembrar con la semilla que ella había protegido. El descanso de la tierra era evidente. Tal vez por ello los elotes se dieron como nunca. Sus ojos brillaban de alegría cuando vieron la milpa y el verde oscuro de las hojas. La abundancia en la cosecha confirmó el nombre del pueblo en que vivían.

 

Abel se casó y nacieron sus hijos y después los hijos de sus hijos. Son los que en la Escuela se sorprendieron al escuchar las historias de tantos personajes. Tanto de la Independencia como de la Revolución. Bicentenario y Centenario de dichos eventos. Cuando hablan de la valentía de las mujeres en la Revolución, ellos agregan las hazañas de su abuela. Están seguros que son pocos, muy pocos, los testimonios escritos acerca de la participación de las mujeres.

Fuente:

Amores y otros cuentos de genero…sidad.

Resumen
La sentencia
Articulo
La sentencia

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Andrea Saldaña Rivera